¡Qué viene la poli! – Capítulo IV de ¿Qué piensan los hombres?

¿Qué piensan los hombres?

¿Qué piensan los hombres? Cap. IV. ¡Qué viene la poli! Por Tery Logan.

Año Uno, Febrero

Estábamos muy monas y llevábamos una buena dosis de alcohol en el cuerpo. ¡Carnaval, carnaval! ¡Carnaval, te quiero! En el transcurso de la noche estuvimos hablando con varios grupos de chicos porque los disfraces ayudan mucho a sociabilizar. Nos dirigíamos a una de las discotecas más grandes de la zona y en el parking vimos a un grupo de chicos de metro ochenta muy graciosos con disfraces de animadora sexy. ¿Qué hombre en su vida no se ha disfrazado alguna vez de mujer?

A Amelia se le acercó Apolonio (nombre en clave que le asignamos), vestido de gladiador, y no de animadora como el resto de sus colegas. El chico ya destacaba de por sí, no solo por ir vestido de forma diferente al resto, sino porque era atractivo. Amelia y Apolonio se miraron y no tuvieron que decir nada más. ¡Era una señal que fueran disfrazados de forma complementaria! Nos acercamos, y estuvimos de charla y tonteo para acompañar en el cortejo de Apolonio a nuestra amiga y no dejarle sola.

Finalmente, él le confesó que era policía. ¡Sh! Los policías suelen llevarlo en secreto hasta que… ¡Redobles! ¡Hasta que quieren ligar contigo! ¡Sí! Y el caso es que quieren ligar contigo siempre, incluso estando de servicio. No sería la primera vez que, de madrugada, parada con mi coche en un semáforo junto a un coche patrulla, me sintiera “ligeramente observada”. Y es que la parte de poner multas les da mal rollo, pero el tema de llevar porra es otra cosa. Da mucho juego, ellos lo saben y ahí es cuando nos la cuelan y nos embaucan. Si, además acompaña la show-session de abdominales y bíceps, no te hipnotizan con sus encantos.

¿Qué piensan los hombres?

—Te advierto que llevo esposas.

—¡No me lo creo!

Amelia entró al juego perfectamente. Por supuesto que se creía que llevara grilletes. Lo raro hubiera sido que, siendo policía, no las hubiera cogido para ligar en Carnavales, aunque se hubiera disfrazado de buzón de correos, como Mortadelo.

—¿No te lo crees, eh? Pues también tengo porra.

—¡Ja, ja! Porra dice… Que me da la risa.

—¿Quieres que saque las esposas o qué? Y así las ves…

—Mejor saca la porra…

—No me provoques, noble romana.

Apolonio sacó las esposas y Amelia alucinó. ¡Eran de verdad! Para colmo, el susodicho se las prestó para que juguetease con ellas mientras el tonteo continuaba.

—¿Y si te ato al árbol por malo? —adviertió Amelia socarrona.

—No seas traviesa, o te daré unos azotes.

—Eso quisieras—rió—. ¡Trae la mano!

—Como eche la mano, ya veremos cómo acabamos.

—Tú echa—Volvió a reír ella.

Apolonio tendió la mano inocente e incluso cerró los ojos, esperando una grata sorpresa, pensando que iba a tocar pecho de noble romana o que iba a recibir un dulce eso, pero, a cambio, Amelia le puso las esposas. Pero, no contenta con eso, se las apañó para atar el grillete que había quedado libre a la rama de un árbol cercano.

—Tía, pero, ¿qué haces? ¡Me has esposado!

—Pensé que era lo que querías…

Amelia le miraba con cara de: “Pero si te lo llevo diciendo una hora, hijo mío, que para las físicas de la oposición seguro que ibas muy bien preparado, pero en cociente intelectual te veo flojo”.

—¿Qué voy a querer? ¡Si no tengo la llave, joder…!

—¿Cómo que no tienes la llave? ¿A quién se le ocurre?

—¿Perdona? ¿Quién me ha esposado?

—Pensaba que era parte del juego. Además, voy muy borracha. ¿A mí qué me cuentas?

Hale, pues se acabó la fiesta. Amelia, siguiendo sus indicaciones, le sacó el móvil del pantalón y marcó el número de su compañero de piso, que también era policía, y que, por suerte, andaba de guardia. Traería una llave universal especial para las esposas y todo quedaría solucionado, así que ya nos podíamos ir.

—Amelia, nosotras nos vamos, que nos cierran los bares y no hemos bailado nada…

Lo que parecía una sugerencia con voz dulce era un aviso que, de sobra conocíamos, a modo de ultimátum. Nos íbamos o nos íbamos. Hacía demasiado frío, y total, Apolonio otra cosa no, pero en lugar seguro estaba. ¡El árbol no se iba a mover de allí! Así que convencimos a Amelia para largarnos, porque también estaban sus colegas que, aunque no fueran policías, le podían dar apoyo moral, hacerle compañía y ayudarle a hacer pipí si el muchacho lo necesitaba.

—Tía, dime que no te vas a ir de verdad. Al menos, me darás el teléfono. ¡Dime tu nombre real!

—Espartana es mi nombre. Y si algún día nos tenemos que volver a encontrar, la vida ya nos juntará.

Yo me acerqué y me llevé a Amelia casi en volandas. Muy bien, claro que sí. Borracha pero audaz y muy en su papel. Aligeramos la huida porque el compañero de piso que venía ya de camino vendría en patrulla policial y no había que tentar a la suerte, no fuera que acabásemos en el calabozo. He de confesar que me hubiera quedado a observar escondida, a un lado, sin molestar, y con un bol de palomitas. Eso de ser testigo de un rescate de un miembro de las fuerzas de seguridad atado a un árbol con unas esposas tenía su morbo. Me moría por saber qué versión le daría a su compañero de piso. ¿Le contaría la verdad?

Este es un avance del cuarto capítulo de la NOVELA ¿Qué piensan los hombres?  Aquí puedes comprar la novela en Amazon.

 Por Tery Logan

Todos los derechos reservados

images

2 comentarios sobre “¡Qué viene la poli! – Capítulo IV de ¿Qué piensan los hombres?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Requerido