Jenny y los yenes – Capítulo III de ¿Qué piensan los hombres?

¿Qué piensan los hombres? Cap. III. Jenny y los yenes. Por Tery Logan

Año Cero, Noviembre

Había llegado el otoño y notaba frío el corazón. Además, aún seguía viviendo en el piso conyugal. Esperábamos tener suerte y venderlo pronto, pero por lo pronto, yo seguía allí. Es curioso cómo la mente para protegerse, crea sus mecanismos de defensa. La casa era muy grande, pero a mí me sobraran los metros cuadrados. Es más, ¡me sobraba la casa! Tan solo utilizaba un trozo de sofá del salón y mi habitación, un baño y la cocina. Dos de las habitaciones y el otro baño estaban cerrados sin ningún uso y al garaje le estaba cogiendo miedo.

Definitivamente, los grupos de singles de las redes sociales no me habían funcionado. Y en cuanto a mis amistades más cercanas, todas estaban felizmente emparejadas. Amelia, a la que conozco desde los quince años, me ofreció conocer a su grupo de amigas solteras. Por supuesto, me apunté. Solían quedar una vez durante el fin de semana a lo sumo, pero era suficiente para verse, tomar una cerveza, echarse unas risas, contarse la semana y sociabilizar.

31. Blog globos

Amelia lo había dejado en verano con su anterior chico, y ahora salía con Asier. Le había conocido hacía poco, cuando todavía hacía buen tiempo y estaba parada junto con las chicas en un banco de la calle haciendo tiempo para sacar dinero de un cajero. Asier iba con un amigo en el coche y les tiraron un huevo, con tan mala suerte que le cayó a Amelia en el abrigo. Las chicas se encendieron y les gritaron, y Asier, que se había fijado en Amelia, pidió a su amigo que parase para bajar y pedir disculpas. La treta surtió efecto y Asier acabó ligándose a Amelia, aunque jamás le explicó por qué llevaba un huevo fresco encima ni por qué se lo lanzó.

Era sábado por la tarde. En la televisión echaban un especial de Alfredo Landa en Cine de Barrio. Nada espectacular, pero la película se dejaba ver. Llegó la hora de quitarse la pereza, ponerse la raya en el ojo y la blusa negra que me sentaba tan bien. Aunque habíamos quedado para un plan tranquilo por Alcalá de Henares, yo quería ir mona. A las chicas no les gustaba el plan de discoteca y yo misma nos había bautizado como el “Clan Yaya”. Fuimos en el mismo coche Saray, Jenny, Amelia y yo. Excepto a Amelia, al resto era la primera vez que les veía, pero al compartir la parte trasera con Jenny, noté a la legua que estaba fatal. Obviamente, no me atrevía a preguntarle porque no había confianza. Enseguida se lanzaron las demás al acecho como leonas en manada. Saray conducía y se lanzó a hablar. Se la veía con ganas de contarnos algo.

—Pues yo la semana pasada tuve una cita.

—¡Uh! ¿Con quién?

—Con un chico de una página de contactos.

—¿Y?

—Pues una mierda. El tipo parecía majo. Me gustaba. Yo no sé qué se le pasaría por la cabeza que al día siguiente de la cita me dijo que se lo había pasado muy bien conmigo, pero que no era su tipo. A cambio, me pidió el teléfono de la rubia que salía conmigo en la foto de Whatsapp.

—¿Quién es la rubia? —pregunté.

—Mi madre, Guada. La otra rubia es mi madre…

—¡Madre mía! ¡Cómo están las mentes y cómo está el mercado! Pero, ¿qué les pasa? ¿Qué piensan los hombres?

—Ay, yo qué sé qué piensan, pero es terrible esto.

—Y tanto. Otro chico con el que hice contacto por la página de citas me dijo a la semana de estar hablando que le parecía muy maja, pero que había retomado una relación.

—¡Anda! ¿En una semana? ¿Y cómo te lo dijo? En plan, ¿qué tal todo? Oye, perdona si he estado un poco pasota estos dos días, pero es que he retomado una relación. ¡Venga! Adiós…

—Más o menos. No sé si será verdad o no. A estas alturas ni me lo planteo. Está la gente muy loca ahí.

—Ya te he dicho que esas páginas son lo peor, Saray —soltó Amelia—. Oye, Jenny, vas muy callada.

Nunca se le escapaba ni una.

—Bueno —Sus lágrimas comenzaron a brotar, aunque tímidamente.

—¿Has discutido con Jordi o qué?

—Ya me ha hecho otra de las suyas, sí. Ayer estábamos en el coche. Me recogió, follamos en el coche… Lo normal.

—Pues va haciendo frío para estar así —Se me ocurrió decir.

Recordaba mi época de hacerlo con mi primer novio en el coche, pero hacía más de diez años de aquello. Cuando eres joven y tienes pareja estás salvado si, al menos, uno de los dos tiene coche. Solo había que buscar los típicos sitios donde todos íbamos a lo mismo. Había unas reglas implícitas que tenías que respetar como, por ejemplo, que una vez en el descampado, parking o explanada, los faros del coche tenías que apagarse en cuanto entrabas. Además, estaba prohibido mirar lo que ocurría dentro de los coches, aunque con el frío, poco había que ver porque se empañaban los cristales. Acababas teniendo hasta tu botella de agua y tu kit sexual. Tenía su encanto a los veinte años, pero con treinta me parecía excesivo e innecesario…

—No tienen dónde hacerlo si no. Jenny vive con su madre y Jordi también. Y claro, no está la cosa para hoteles todos los fines de semana —explicó Saray.

—Pues no, no está la economía muy boyante, pero vamos, que para lo poco que nos vemos… Ayer, por ejemplo, me llamó cuando salió de trabajar del Pub Irlandés a las dos de la madrugada, lo hicimos y a la media hora ya me estaba dejando en mi portal. 

—Uy, ¡qué pereza verse a esas horas! ¿No? —pregunté.

—Bueno, estaba tomando una copa con los de la academia de inglés y coincidió. Si no, a esas horas, no salgo de mi casa ni loca…

—Se te ve algo tristona, Jenny. Cuenta qué te pasa anda… —Amelia sabía que había algo más.

—Pues que hoy nos tendríamos que estar despidiendo, pero me ha dicho que ha discutido con su madre y que ella le ha escondido los yenes para fastidiarle, así que tenía un disgusto de órdago el pobrete…

—¿Qué yenes? —Yo estaba perdida.

—Los del viaje. Mañana Jordi se va a Japón con sus colegas —aclaró Saray —. Sigue, Jenny. ¡Tú desahógate!

—Pues eso, que mañana marcha para quince días y su madre le ha escondido todo el dinero que había cambiado en yenes, para fastidiarle. No nos hemos despedido. Su madre es como es y le hace chantaje con lo que puede. Esta vez ha tocado el viaje. Conociéndole, habrá cambiado por lo menos ochocientos o mil euros en yenes.

—¡Buena cantidad! ¿Y mañana no puedes acompañarle al aeropuerto? —Se me ocurrió.

—No. Jordi para eso es muy receloso. No le gusta mucho que quedemos en grupo.

—Tu novio no es receloso, Jenny. ¡Tu novio es raro! —A Amelia se le notaba molesta —. Guada, para que te hagas una idea, en dos años, jamás le hemos visto el pelo salvo de pasada. No le gusta quedar en grupo ni la gente. ¡Es raro!

—¡Cada uno es como es! —defendió Jenny.

—Cada uno es como es, pero Jordi es peculiar y lo sabes. Tampoco es muy cariñoso contigo que digamos. Ni te cuida, Jenny.

—Bueno, Amelia, ya está. No es precisamente lo que necesito ahora mismo…

—¿Y si vamos a su portal un momento y baja un minuto para que os deis un beso? —Yo hacía hincapié en la fórmula romántica.

—No conoces a su madre, Guada. Si Jordi dice que no puede bajar es que no puede bajar…

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Por Tery Logan

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7 comentarios sobre “Jenny y los yenes – Capítulo III de ¿Qué piensan los hombres?

  1. En México diríamos que es una historia muy Alburera, en España como se le llama, entiendo, es la picaresca… de un varón a quien se le está quemando el agua! No hay problema con lo segundo!: mientras no le quite el tiempo a una dama: bueno, que no se lo quite a nadie! Saludos, querida Tery!

  2. Discrepo en la respuesta de Asier. ¡Los hombres nunca nos delatamos, nos encubrimos siempre! Además nadie suelta tan ligero comentario como si no fuera consciente de lo que es capaz de ocasionar. En otros términos, en las relaciones de pareja, nadie quiere meterse para evitarse problemas.

    1. ¡Hola, Julio Mauricio! Como ya has leído en el blog, las historias están basadas en hechos reales. Para bien o para mal yo estuve allí junto con Amelia y Asier y doy gracias a Asier una y otra vez por su valentía y perspicacia, no solo como hombre, sino como detective. Por suerte, no todos los hombres os “encubrís” en las infidelidades, también hay a quien no le gusta ver a su novia preocupada por una amiga que lo está pasando mal y se implica para ver qué está pasando de verdad. Y mira, desde luego el tipo no se equivocó en absolutamente nada. ¡Yo brindo por Asier y por muchos más hombres como él!

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