Tengamos una multiaventura – Capítulo I de ¿Qué piensan los hombres?

historias reales sobre hombres y mujeres

¿Qué piensan los hombres? Cap. I. Tengamos una multiaventura. Por Tery Logan.

Año Cero, mes de julio

Estaba recién divorciada de Juanma en mayo y llegaban mis vacaciones de verano. Mal plan, sí. Y en el trabajo tenía pedidas la última semana de julio y la primera quincena de agosto. ¡Horror! No me quería quedar en Madrid el mes sola porque el riesgo de querer quitarme la vida con un saco de hielos contra la cabeza, pegarme un atracón de polvorones sin una gota de agua o tirarme desde la terraza de mi madre al jardín repleto de cactus de su vecino del bajo era muy elevado. Aún era joven y estaba en edad de merecer, que dicen. No hay nada peor que llegue el verano y te quedes sin el plan que tenías reservado (en este caso, con tu marido). Si lo sé, te juro que me divorcio en septiembre porque, para mi desgracia, en verano también era mi cumpleaños. Menos mal que San Valentín y mi aniversario caían en febrero que, si llegan a ser también en agosto, me muero ahogada entre sofocos y llantos.

Recordé que una amiga de la universidad me había hablado de unos campamentos multiaventura en Cádiz organizados específicamente para singles. Oteé la página web y no pintaba mal: una piscina grande con solárium y desayuno, comida y cena incluidos en el precio. Toda una semana haciendo actividades divertidas al aire libre y conociendo a otros solteros. Buen plan. Las habitaciones no tenían mala pinta, pero eran mixtas y para cuatro o seis personas. Lo mismo te tocaba dormir con Manolo que con Pepita, o con Pepita vestida de Manolo o con Manolo desvestido roncando y con el ciruelo al aire para que se lo tocara Pepita. ¿Qué sé yo? ¡La gente tiene unas manías muy extrañas para dormir y una no está para sustos!

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Dicen que cuando te cierran una puerta, se te abre una ventana y la mía fue Bárbara, que acababa de romper con Héctor. No sé si era la décima o vigésima vez en dos años. Me llamaba para contármelo, como de costumbre y le invité a casa para que se desahogase tranquila. Sin embargo, no estaba triste sino hiperactiva y con miles de planes para el fin de semana, la quincena y todo el verano de ese año y del siguiente si me descuidaba.

Primero, subiríamos en coche al norte de España para ver el descenso del Sella, después, recorreríamos parte de Castilla y León hasta llegar a Salamanca y Ávila, que tiene pueblos rurales muy bonitos, pasando por la Laguna Negra y disfrutando del atardecer en sus pozas naturales y luego ya veríamos si bajábamos a Málaga, donde Bárbara tenía una amiga que igual nos dejaba estar en su casa un par de días o tres. A mí en la agenda no me cabía nada más y me estaba cansando solo de pensarlo. Yo no estaba en ese momento vital espídico y me asustaba un poco el programa de viaje. No quería quedarme en Madrid, pero tampoco una maratón veraniega.

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—Bárbara, lo del Sella, si no he entendido mal, es pasado mañana.

—Sí, pero no te preocupes. Solo tienes que coger un bikini, zapatillas de deporte, chanclas, pantalones cortos y camisetas. Bueno, y alguna sudadera si eres friolera.

—Vamos al norte de España. ¿Solo una sudadera? Llevaré un par y un pijama de entretiempo.

—¿Pijama para qué?

—¿Es que no piensas dormir?

—Claro, pero allí no se coge hostal. Es más, aunque quisiéramos, está todo cogido en los pueblos de alrededor. No hay donde alojarse a estas alturas. ¿No ves que allí es el evento del año? Pues la gente se vuelve loca y reserva con mucho tiempo de antelación.

—Sí, sí, se vuelve muy loca, pero nosotras, ¿dónde vamos a dormir?

—En el suelo. Allí, por lo visto, se estila que cuando se te pasa la borrachera y acaba la fiesta del agua, coges sitio donde puedes.

—¿En el suelo de…?

—De la calle.

—Con saco, ¿no? ¿Y para hacer pis? ¿Cambiarnos de ropa?

Bárbara me miraba con cara de “y a mí qué me cuentas”, pero tanta aventura e improvisación a mí me estaba generando angustia.

—Espera, después del viaje en coche, las fiestas y de dormir en el suelo, ¿no sabes ni siquiera si hay baños públicos?

—Habrá, digo yo. ¡Te las apañas, Guada! Si lo hace todo el mundo. Lo único es que hay estar avispadas para dormir lejos de los contenedores de basura…

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¡Ah, pues sí que era una gran suerte, sí! ¿Dónde hay que apuntarse? ¡Habrá lista de espera! Yo nos imaginé, por un momento, cerca del Sella pidiendo la vez para coger sitio lejos de los contendedores y, a ser posible, con bordillo para apoyar la cabeza… Y, oye, si tienes mala suerte y te toca justo al lado de la basura y las cucarachas, siempre puedes orientar los pies hacia los residuos orgánicos y la cabeza hacia el cristal reciclado, que no huele.

—Mmm, uf… ¿Y la fiesta del agua qué es?

—Que allí, tanto si participas o no en el descenso, te mojas igualmente con las pistolas, los globos y los cubos de agua. Por eso hay que llevar ropa de recambio.

—No lo veo…

—Pues es lo que hay.

—Bueno también puedo no ir. Es una opción.

—Ah, no. Yo aquí no me quedo. Ayer se fue Héctor de casa y necesito estar ocupada… Como no hay cursillos ni talleres de nada hasta septiembre, necesito viajar y distraerme… ¿La Feria de Abril cuándo es?

—¡En octubre, Bárbara! Es en octubre. Pues tú, ¿cuándo crees qué es la Feria de Abril?

—¡Ay, es verdad! Estoy tan agobiada pensando en cómo ocupar estos meses que no sé ni lo que digo…

Bárbara se me derrumbó, lo cual era perfectamente normal.

—Héctor volverá y lo sabes. En octubre y en abril estarás con él.

—Qué va, Guada, esta vez es la última. Lloramos un montón y tuvimos una despedida demasiado intensa. Se fue para siempre, tía…

—Bueno, pues si es así, hay que ser fuerte. Mírame a mí. Acabo de tirar cuatro años de matrimonio por la borda hace poco más de un mes.

—Tú lo llevas muy bien. Yo es que no puedo ni leer un libro o ver una película más de veinte minutos seguidos.

—Bueno, yo tengo mis momentos, niña. A ver si te crees que no lo sufro, lo que pasa es que mi forma de canalizar el malestar no es como la tuya, que tienes que estar muy activa o caes.

Bárbara me entendió. Aquella no era la idea que yo tenía de vacaciones ni de terapia para el momento en el que estaba. Comprendía que Bárbara necesitaba entretenerse y estar a tope hasta que volviera otra vez con Héctor (porque estaba claro que volverían, aunque ella siempre lo negase) y yo necesitaba mantenerme ocupada, pero no a cualquier precio, porque yo lo mío con Juanma sí había concluido y cuanto antes aceptara el cambio de etapa, antes recuperaría mi vida.

Después de rechazar aquella irresistible oferta para pasar unos días inolvidables en el suelo del norte de España, hablé a Bárbara sobre el campamento multiaventura de Cádiz. Podríamos ir en agosto, que yo ya estaba de vacaciones y justo coincidía con su vuelta de ver el descenso del Sella. ¡La idea le encantó!

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Mientras Bárbara dormía plácidamente cerca de algún cubo de basura de los alrededores del Sella, yo había conocido a alguien. Amelia se había empeñado en presentarme a un compañero de trabajo muy majo de su amiga Saray, y quedé con él en una cita a ciegas y a solas. Al día siguiente, Amelia ya me estaba llamando por teléfono.

—¿Y bien?

—Es feo.

—Tienes que superar la barrera del físico. ¿De qué te sirvió que Juanma fuera guapo? ¿Acaso tu matrimonio duró?

—Joder, Amelia, eres implacable. ¿No tienes otra forma de decir las cosas? Que lo tengo reciente, leches…

—Perdona, es que me da mucha rabia. En serio, dale una oportunidad. Saray dice que es majo. También se ha divorciado hace poco como tú. Así que igual os entendéis…

Y le di la oportunidad a Alfredo. Aquel chico feo, gracioso y aparentemente normal me había preparado una sorpresa para mi cumpleaños, que coincidió con nuestra segunda cita. Esperó a que fueran exactamente las doce de la noche para cantarme el cumpleaños feliz mientras pitaba con el coche a todo gas por pleno centro de Madrid. Me llevaba a ver un espectáculo de magia después de invitarme también a cenar. Desde luego, el chico se estaba esmerando. Aquella noche durmió en casa y todo fue genial, pero yo no estaba acostumbrada a compartir lecho con nadie que no fuera Juanma y no pegué ojo en toda la noche. No por el sexo (ojalá), sino por los amagos de puñetazos y patadas de Alfredo que, sin duda, andaba un poco estresado.

Durante el desayuno, cometí el error de contarle lo del campamento multiaventura en Cádiz. ¡Me dijo que se venía! ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? Hacía menos de una semana que le conocía y su presencia descuadraba mi plan con Bárbara, pero no sabía cómo impedírselo sin estropear lo bien que nos entendíamos. Ese mismo día por la tarde, Alfredo hizo la reserva y yo tenía que contárselo todo a Bárbara antes de que el ovillo se liara aún más.

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Por Tery Logan

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